lunes, 19 de septiembre de 2016

El último cazador

"Las personas no deberíamos nunca perder el contacto con la naturaleza."
"Si el ser humano quiere sobrevivir tendrá que aprender a vivir con la naturaleza, no contra ella."
"Yo no creo que ninguna especie sea especialmente nociva para la naturaleza. El hombre tiene un papel que jugar.También ayudamos a mantener el equilibrio del ecosistema, siempre y cuando solo tomemos lo que necesitamos."

Son algunas de las frases que aparecen en 
"El último cazador" (Vanier, N. 2005), una de las películas de mayor belleza que he visto en mucho tiempo. 


La ficción nos cuenta la vida de Norman, un trampero que sigue viviendo, igual que se hace desde hace siglos, en armonía con la naturaleza. Junto a Kebaska, una india Nehanni, y sus perros vamos siendo partícipes de la lucha diaria por la supervivencia en un entorno cada vez más amenazado por industrias como la maderera.


Los espectaculares paisajes nevados del Cánada, como sacados de una novela de Jack London; los comentarios del protagonista en off, de gran interés ecológico; la ausencia de tramposos efectos especiales; los minutos y minutos de silencio, solo alterado por sonidos de la naturaleza; la visión bella y a la vez cruda de esta, sin edulcorantes; la emotividad, sin necesidad de efectistas giros en la trama. Estas son algunas de las características que más me han llamado la atención del filme.
Así lo definía el director: "Norman nos invita a un mundo aparte donde las brisas gélidas soplan con más fuerza que las palabras."


Una pequeña joya para deleitarse y huir de la impostura y la estridencia del cine comercial que nos venden con calzador hoy en día.


¡Ah, lo olvidaba: una gran BSO en la que aparece el gran Leonard Cohen!


Repito: de lo mejorcito que he visto en mucho tiempo. 




Historia en Almuñécar

Como dijo Lamartine, la casualidad nos da aquello que nunca se nos hubiera ocurrido pedir. Cuando dejamos La Herradura y llegamos a Almuñécar no sabíamos muy bien qué hacíamos allí, pues aquel no era el tipo de lugar que buscábamos. Pero, ni en nuestros deseos más optimistas se nos hubiera ocurrido pedir, en Almuñécar, un entramado urbano histórico adosado a las murallas de un castillo como el que existió hasta no hace muchas décadas en Málaga o Granada.
Y es que siempre me han parecido fascinantes las fotografías de la Alcazaba malagueña habitada. Casas en su mayoría de una sola planta, de paredes encaladas, calles de trazado laberíntico emulando su origen musulmán, gentes humildes, pobreza, abandono, pena. Aquello tuvo su origen en la pérdida de la función militar de la fortaleza por parte de Carlos III en 1786, lo que atrajo a ella a personas de pobre condición social conformándose todo un barrio. Algo similar ocurrió en La Alhambra, la que descubrieron los románticos, la de los cuentos de Washinton Irving, la de posteriormente Gerlad Brenan.
En Málaga, fue sobre todo D. Juan Temboury el que inició la demolición de todas aquellas viviendas, algo necesario para que pudiera reconstruirse La Alcazaba tal y como hoy la conocemos. Pero uno siempre ha creído que la Historia no debe hacer distinciones y que forman parte de ella tanto los califas que la habitaron como palacio en sus inicios como los gitanos que malvivían en sus muros en esos años. Como también, con lógica, que ya no iba a presenciar nada de eso, que nunca podría sentir lo que sintieron Irving o Brenan. Y llega a Almuñécar y se le rompen a uno los esquemas. El turista estaba fuera, en la playa, en el sopor de las hamacas y los calores, en la música estridente del chiringuito, en la lenta atonía de las multitudes. Nosotros preferimos adentrarnos y viajar al pasado unas cuentas décadas. Un trayecto para el que nadie nos pidió ticket.
Y hablamos con algunas mujeres gitanas que allí aún habitan, que nos miraron, al principio, con extrañeza. Y nos perdimos en su laberinto. Y contemplamos la sencillez de sus viviendas, algunas en ruinas, otras con la dignidad que da el cuidado de lo que se ama.
Una maravilla que deberían mimar y conservar en Almuñécar. Tienen algo excepcional y tengo la sensación de que no lo ven, cegados por arena de playa. Una empleada del castillo nos dijo, sin ir más lejos, que allí no había nada "histórico". Una pena.
Un improvisado túnel del tiempo en forma de estrecha callejuela nos llevó de nuevo al siglo XXI, a la bulliciosa plaza del Ayuntamiento en la que la gente seguía su transitar, su prisa, su rutina, como si no hubiera ocurrido nada. Para nosotros habían pasado décadas, tal vez siglos, fruto de una casualidad que nunca se nos hubiera ocurrido pedir.






lunes, 12 de septiembre de 2016

Naufragio en La Herradura

Dijo Borges que el mar es un antiguo lenguaje que nunca se alcanza a descifrar. Nadie sabe cuan cerca estuvieron de hacerlo los 5.000 tripulantes de las 25 galeras de la Armada Española que perdieron la vida aquel 19 de octubre de 1562 en la bahía de La Herradura.
Y es que los fondos marinos de esta joya de nuestro litoral esconden los restos de un naufragio, los ecos, para quien se pare a escucharlos, de una tragedia que marcó el devenir de un imperio. Felipe II pretendía el control del Mediterráneo para poner freno a los turcos y expulsar de las costas a los corsarios. Hoy, más de cuatro siglos después, uno solo busca en estas aguas poner freno al rugido de los cláxones, al desquiciante tintineo de los whatssaps, uno es un merodeador de silencios frente a los corsarios de lo estridente, un descifrador de lenguajes antiguos como decía Borges.
El gran marino Juan de Mendoza no pudo con el temporal y los 25 barcos que dirigía permanecen ocultos en algún lugar de estos fondos y en algún pie de página de una Historia que muchos hoy ignoran o desprecian. Al menos Cervantes se atrevió a bucear en el mar de la memoria y rescatarlos en la tabla salvavidas de una cita en su (nuestro) Quijote: “que fue hija de Don Alonso de Marañón, caballero del hábito de Santiago, que se ahogó en La Herradura...” Los buenos escritores forman patrullas de salvamento contra el olvido.
La furia del oleaje hizo que las galeras chocaran unas contra otras hundiéndose y con ellas miles de marineros. Y con ellos miles de atardeceres, miles de puertos que ya no verían, miles de sueños, miles de abrazos, miles de besos de ella camino a ninguna parte. Aún continúan allí, en algún lugar, vestidos de mar, como imaginaron a Storni, pero sin laureles ni canciones. Se salvaron otros dos mil, precisamente galeotes, es decir, prisioneros usados como remeros, en otra de esas piruetas con las que pareciera que el destino juega con los hombres. Podría ser un brillante argumento para una novela o para una película, tal vez.
Miro a mi alrededor y solo veo bañistas, niños disfrutando de los juegos y del verano. Pero me acuerdo de Borges, del marino Juan de Mendoza y sus 25 barcos, de Cervantes. Pienso en ellos, en los que perecieron, en los supervivientes, en los náufragos, cuando el viento empieza a levantar unas pequeñas olas. Quizá como aquel día de otoño de hace más de cuatrocientos años. Trato de protegerme esquivando las salpicaduras, pero caigo en la cuenta de que eso no sirve ni contra las olas del mar ni contra las de la vida. Porque, dijo Borges, que el mar es un antiguo lenguaje que nunca se alcanza a descifrar. Y la vida, añado yo, tampoco.


Monumento a los Hombres de Mar, de Miguel Moreno. Playa La Herradura.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Sendero Torre de Cerro Gordo

Cabras montesas saltando los riscos de un fantástico monte mediterráneo, torres vigías del siglo XVII perfectamente conservadas, playas de aguas cristalinas en las que pueden observarse peces sin salir de la orilla... Y todo ello a unos minutos de la civilización. En pocos lugares de Europa es imaginable algo así. Es el Paraje Natural de los Acantilados de Maro-Cerro Gordo.
España es el país europeo con mayor biodiversidad y fiel representación de ello es el tesoro que tenemos entre las provincias de Málaga y Granada. Si en otra ocasión os hablé del lado oeste (Maro), hoy quiero hacerlo del este (Cerro Gordo). Deciros que las fotos que comparto aquí no son resultado de horas de observación ni producto de sofisticadas cámaras. Al contrario, están al alcance de todo aquel dispuesto a olvidar el soniquete de los smartphones, a hacerse uno con la naturaleza, a hablar su propio lenguaje.
Un sendero corto nos llevó a la torre vigía de Cerro Gordo. Se construyó hace unos cuatro siglos para alertar de la llegada de piratas. Eran berberiscos, otomanos, normandos y también anglosajones. Una señal a tiempo evitaba que poblaciones enteras fueran arrasadas e incendiadas con un coste terrible en vidas humanas entre los moradores de estos pueblos. Trato de imaginar todo eso en un absoluto silencio mientras pierdo mi vista en un mar tan azul como inmenso.
Aprovechamos al regreso para enlazar este sendero con otro que nos lleva a la playa de Cantarriján. Una bajada por una empinada cuesta en pleno monte mediterráneo de pinares de repoblación, encinas, coscojas, retamas, jaras y palmitos, en la que aparecieron un par de ejemplares de jovencísimas hembras de cabra montés (Capra pyrenaica) como la de la foto. Una maravilla que nos ha acompañado a los hombres desde los tiempos más remotos, como demuestran numerosas escenas en pinturas rupestres del pleistoceno. Estuvo al borde de la extinción y fue la creación en 1905, por el rey Alfonso XIII, del Refugio Real de Caza de la Sierra de Gredos, la primera de las medidas que salvaron a una entonces reducidísima población. Admiración y respeto ante la figura de nuestra gran cabra mientras la vemos perderse entre los riscos.
Y, al fin, el mar. Más apetecible que nunca bajo el sol abrasador de Julio. Tengo que decir que afortunadamente he conocido muchas playas a lo largo de nuestra geografía y en ninguna de ellas he podido ver y fotografiar semejantes bancos de peces en la misma orilla como este de obladas (Oblada melanura). La imagen que vemos, ojo, no es submarina. Está tomada desde fuera del agua, lo que nos da una idea de su limpieza, de la del paraje y de la gran cantidad de praderas de posidonia que en él aún habitan. Un gran acierto que ha tenido la Consejería de Medio Ambiente es el de prohibir el acceso de vehículos y su estacionamiento en las zonas cercanas a la playa. Todo eso suma. Deberían hacer lo mismo con la más castigada playa de Maro. Un microbus se encarga de subir y bajar pasajeros desde la 340 por solo 2€.
En definitiva, una joya que tendemos a creer que está ahí porque tiene que estar ahí y no caemos en la cuenta de que si podemos disfrutar de ella es por la dificilísima lucha de biólogos y de amantes de estas tierras contra las presiones de los de siempre, los que sacrificarían todo esto prometiendo a cambio "desarrollo y puestos de trabajo". Ojalá se hubiera podido salvar más litoral en aras de una conservación que es además diferenciación, generación de destino y valor añadido. O sea, lo que sí genera empleo sostenible y de calidad. Pero se hizo lo que se pudo. Al igual que aquellos vigías que avisaban de la presencia de berberiscos. Este paraje nos toca a todos descubrirlo, amarlo y conservarlo.






miércoles, 16 de diciembre de 2015

martes, 15 de diciembre de 2015

Lo que aprendimos de la crisis

En estos días en los que partidarios y detractores de los partidos se enzarzan en las redes cargados de prejuicios y descalificaciones y con muy pocas ideas, leer a los expertos me parece lo más esclarecedor y saludable.
Recomiendo esta entrevista. En ella, tres economistas de prestigio de distintas tendencias ideológicas coinciden en cosas que un servidor, con conocimientos muchísimo más básicos en la materia, lleva mucho tiempo diciendo en este muro.
“La gran lección que deja la fase expansiva de la economía que culminó en 2007 es que el exceso de concentración de la actividad en un solo sector no es bueno. (…) Y que sí, además, el sector donde se materializa esa deuda es bajo en tecnología es mayor la vulnerabilidad ante vaivenes exteriores. (…) Porque la recuperación se está basando, como alertaba el otro día el Banco Popular en salarios bajos y eso es pan para hoy y hambre para mañana.” Emilio Ontiveros.
“No se ha incentivado lo necesario en la innovación, sino que se han impulsado estrategias de competencia con bajos salarios.” Juan Torres.
“En la UE podemos hacer mucho en tecnología, porque seguimos a la cola en el registro de patentes y en el número de empresas que se crean a partir de patentes.” Daniel Lacalle.
Estas cosas hay que saberlas a la hora de analizar de dónde proviene el sufrimiento de tantos de nuestros conciudadanos, pues si no veremos una simple cuestión de siglas o ideología donde hay todo un problema de modelo. Mi opinión es la que he expresado en otras ocasiones. Debemos ser ambiciosos. Para no repetir esos errores, un cambio de modelo productivo para dar cada vez más protagonismo a la investigación, innovación y desarrollo aplicadas a, entre otras, la economía verde: infraestructuras como los Techos Verdes, eficiencia energética de las viviendas, energías renovables, turismo sostenible, movilidad responsable, alimentación ecológica, etc. De este modo, estaríamos creando una economía más sólida y a la vez, haciendo frente al mayor desafío que tenemos como especie y ante el que no hay ni un minuto que perder: el cambio climático. Tenemos grandes profesionales que están ya trabajando en ello de manera silenciosa, precaria en muchas ocasiones, y que nos convertirían en un país puntero en no tantos años.
Lamentablemente, nuestros partidos, incluso los nuevos, apenas hablan de nada de esto en la campaña y siguen anclados en izquierdas y derechas y en la política y economía de hace una década. (Tan solo Podemos tiene en su programa electoral algunas propuestas atractivas en este sentido, pero sus dirigentes parecen más interesados en descalificar a los rivales que en explicarnos cómo las llevarían a cabo).
Por eso algunos, que soñamos con una España moderna, innovadora, líder en investigación y responsable con el medio ambiente, nos sentimos, también en esta ocasión, huérfanos de voto.
No recuerdo quién dijo aquello de que la realidad es el mayor sueño hecho realidad, pero por eso vamos a seguir diciendo las cosas. Al menos el que escribe.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Paraje Natural del Desfiladero de los Gaitanes

En el antiguo Egipto, los buitres eran animales sagrados. Existía el culto a Nejbet, la diosa buitre con alas. Su función era dar protección en los nacimientos, sobre todo en los de los dioses y reyes. Aquellos hombres y mujeres de hace miles de años no tenían los conocimientos en zoología que hoy tenemos, pero demostraron conocer la importancia de este bello animal en nuestros ecosistemas. Para que lo nuevo nazca con fuerza, primero hay que limpiarse de lo viejo, debieron pensar. Y tenían razón. Efectivamente, nuestros amigos limpian los espacios naturales de cadáveres, sobre todo de ungulados, y así nos evitan multitud de enfermedades infecciosas.
En el Paraje Natural del Desfiladero de los Gaitanes vimos a los buitres leonados (Gyps fulvus), con su elegante planeo sobrevolando las altas cumbres de los macizos rocosos. Son unos maestros del aire. Su dominio del vuelo, sus giros lentos, su cadencia buscando siempre el gasto mínimo de energía, sus casi 3 metros de envergadura alar, el sonido de sus alas cortando el aire. Contemplarlos es toda una gozada.
En España tenemos la suerte de ser su principal reducto europeo. Fuera de nuestras fronteras solo podemos ver algunas poblaciones en Francia, Portugal, Grecia, los balcanes, norte de África, Arabia y algunos países de Oriente próximo. Pero son pequeñas, fragmentadas y en declive. Aquí se ha pasado en pocos años del desprecio a la admiración que sin duda estas enormes aves se merecen. Hoy, salvando el período posterior a la enfermedad de las vacas locas que obligó a eliminar la carroña de los montes, ocurre lo que hasta hace poco era impensable, que las noticias de avistamientos en balcones y azoteas se hayan convertido en familiares. En 2008 según el censo de la SEO se calculó que existían en nuestro país más de 24.600 parejas, saliendo de las «Listas Rojas» de especies amenazadas
Actualmente se sigue trabajando para que la legislación sea más permisiva aún y que no sea necesaria la retirada de reses muertas y su destrucción, y queden así disponibles para la alimentación de estos grandes necrófagos.
Nos lo devolverán con creces. Como en el antiguo Egipto, sabrán proteger con su maestría el alumbramiento de una naturaleza nueva al final de todos y cada uno de los días. Por todas estas razones no nos cansamos de admirarlos.



Fotos: María Dolores Olea